El día 19 regresé de New York después de pasar allí 6 días increíbles.
El objetivo principal de este viaje era asistir al acontecimiento operístico de mi vida. Y el objetivo se cumplió.

Después de veintiséis años de afición a la ópera, de asistir a muchas funciones y recitales operísticos, el pasado día 15 de marzo, comulgué y me confirmé en la religión de la soy adepta. Le recé al dios en el que tanto creo y tan pocas veces me ha defraudado, a Plácido Domingo, en el templo donde siempre quise rezar, el MET.
Por la altura de mi butaca casi puedo decir que toqué el cielo, pero también, porque el conjunto de voces que escuché esa noche, era el más bello coro celestial que puedo imaginar.

El día antes del acontecimiento me acerqué a las taquillas del templo para recoge las entradas del acontecimiento que desde hace mas de dos años vivía en mi cabeza. Estaba tan nerviosa que casi no recuerdo nada de lo que ocurría a mi alrededor. Pero si recuerdo que cuando tuve dichas entradas en mis manos, y mi madre me dijo, “por fin las tienes”, me puse a llorar como una niña. Supongo que la emoción de la situación y de la tensión del viaje me pudieron.
El domingo 15, a las cinco de la tarde, estábamos en la puerta del teatro.



El acontecimiento social era mucho más de lo que yo imaginaba. Comenzamos a ver caras conocidas, pero conocidas por el cine o por la televisión. El actor Jeremy Irons pasó a nuestro lado cuando se dirigía a la calle a fumar. Y el desfile por la alfombra roja de modelos como Claudia Schiffer llamaba la atención de los que allí nos estábamos congregando.

Por fin abrieron el acceso a todo el público y por fin estábamos dentro. Nuestras butacas estaban en la zona más alta del teatro, pero centradas.
Se apagaron las luces y una cabecita, con pelo rizado salió entre los músicos. Los bravos y aplausos comenzaron a oírse. El maestro James Levine saludo desde el pupitre de dirección y la música de Faust comenzó a sonar.
Todas y cada una de las piezas que escuche aquella noche fueron maravillosas, y los intérpretes, como ya he señalado, insuperable. Quizás me quedaría en particular esa noche con Angela Gheorghiu, Juan Diego Florez, Dimitri Hvorostovsky, Joseph Calleja, Natalie Dessay, aunque, todos, sin excepción, me entusiasmaron.
Y sobre Don Plácido Domingo, sigo siendo incapaz de decir cualquier cosa no positiva de él.
Sus interpretaciones en La Fanciulla de West, Parsifal con Thomas Hampson, Simon Boccanegra con Angela Gheorghiu, y el final de Otello me emocionaron de tan manera que en la primera pieza las lágrimas casi no me dejaban ver la actuación. Y si, su voz ya no es la de los años 80, ni la de los año 90, pero a día de hoy, no hay ni habrá otro tenor capaz de interpretar y de pasar de un papel a otro como él.
Y sobre todo tanta emoción se debía porque estaba disfrutando de unos minutos de su voz en el templo del Met, de las últimas interpretaciones de La Fanciulla y de Otello en dicho teatro, de escucharle nuevamente en el Parsifal que hacia una semana me había hecho temblar en Berlín, y de su interpretación, no se si por primera vez, de su papel como Simon Boccanegra, cantando como barítono, en un dúo lleno de amor fraternal junto a Angela Gheorghiu, esplendida, bella y casi insuperable como Amelia.

La puesta en escena de toda la noche fue bellisima. Se fueron intercalando decorados clásicos de teatro con imagines y dibujos de l historia de los 125 años de este Templo. Las fotografías de todos los interpretes que por él han pasado plasmaron el telón de fondo del final de la gala. Y las ovaciones y los bravos del final nos supieron a poco a muchos de los que estábamos allí. Solo me queda decir que disfrute como pocas veces he disfrutado, que le lance a Plácido muchos bravos y entre ellos iban los de varias amigas que me lo habían encargado. Que reí y lloré, disfruté por la compañía de mi hermana, la cual no puede dejar de llorar cuando oye a Puccini. Y que el día que muera, si existe un cielo, y me toca ir a él, mi cielo será el Met, y mi Dios siempre seguirá siendo el mismo.




