¡Anoche,… que decir de anoche…!. Tres veladas inolvidables, tres veladas superadas una tras otra. Record de aplausos en el Teatro Real, los cuales, y tras la más de media hora ayer, me imagino que serán muy difícil de superar.

El reparto de la pasada noche fue el mismo que el de la función del pasado domingo (Inva Mula, Ferruccio Furlanetto y Marcello Giordani).
Personalmente creo que la mejor de todas las funciones fue la del día 25 por el global de las interpretaciones, pero el deleite de la pasada noche es indescriptible. Y todo porque el Maestro Domingo ha estado insuperable, no ha cantado de barítono, ha llevado el personaje de Boccanegra a su piel, y se ha vestido con ella como si fue lo único que hubiese cantado en toda su vida.
El último acto es como ver a un Otello algo envejecido. La intensidad dramática que refleja en su actuación está a la altura del mejor actor sobre un escenario, y si a esto sumamos su extraordinaria voz, delicadeza y fraseo irrepetible, todo hace un conjunto que ningún otro artista podrá nunca alcanzar.
Para el público, después de asistir a la función, estar más de media hora de pie, aplaudiendo, gritando bravos y oles e incluso pateando, demostrando lo tremendamente exultante que ha sido lo que acabas de ver, pienso que tiene su merito.

Pero si hablamos de los artistas, que después de darlo todo sobre las tablas, salen a agradecer una y otra vez estas ovaciones, así durante más de 30 veces, recogen las flores que se les lanzan, reciben los más halagantes y extraños piropos, e incluso se emocionan hasta llegar a las lágrimas por el calor y el aprecio que están recibiendo, todo esto tiene que ser tremendo.
Y para acabar bien la noche, una espera eterna para conseguir saludar a nuestro ídolo. Y éste nos recibe a todos, con una muy amable sonrisa. Esto no tiene explicación.
Cuando yo cuento a mis amigos, no aficionados al arte lírico, que hago todo esto por el maestro Domingo no pueden creérselo. Y si encima les digo que me he trasladado a esta o aquella ciudad, mucho menos. Pues ayer en la espera en la entrada a camerinos, coincidí en la cola con una pareja que veía de Murcia y con un chico que igualmente veía de Córdoba expresamente para ver a Plácido, y no hablemos de los que vienen de todo el resto del mundo.

Realmente pienso que asistir y vivir todas estas actuaciones son momentos históricos para nuestras vidas como amantes a la ópera. Y en mi caso, con “mis primeros cuarenta años” vividos, poder decir que he disfrutado de todas y cada unas de las muchas funciones y actuaciones que Don Plácido Domingo ha brindado, me llenan de un sano orgullo y un poder decir “yo estuve allí y yo lo vi cantar este o aquel papel”.

“Mi querido Amigo” ¡cómo te echamos de menos ayer!. Todo el tiempo sentimos, los que te queremos, que estabas con nosotros, y sé que hubieras disfrutado como el que más viendo los pases de torero que el Maestro brindó al público sobre el escenario en los últimos momentos de la recogida de aplausos. “El muchacho ha estado bien estos días” como tu solías decir.



















